Seguro que ya has leído mucho por ahí sobre el niño interior y quizá te preguntes qué tiene que ver esto con los procesos de crecimiento personal y  la imagen externa.

Una de las claves básicas de un proceso de Coaching es diseñar una meta y un plan para conseguirlo.

Algo importantísimo que se invita a explorar en las primeras sesiones es apoyar al cliente a encontrar su propia definición de éxito.

Podemos ponernos racionales y describir diversos métodos para dar a luz un significado del éxito que finalmente pueda estar vacío de contenido. ¿Qué contenido?

El emocional.

Para cada uno de nosotros éxito es una cosa distinta lo que sí tenemos en común, son las emociones. Una definición de éxito diseñada racionalmente no nos hará sentir tan satisfechos como tener muy claro qué es lo que vamos a sentir, cómo afectará al cuerpo y que cambio provocará en nuestra imagen externa.

La pregunta clave es: ¿Cómo te sentirás cuando lo hayas conseguido?

Y la respuesta útil tiene que ver son sensaciones, emociones, sentimientos, estados de ánimo; por ejemplo: en equilibrio, alegre, optimista, más tierno, libre, con apertura…

Y es que todo este fondo emocional que te oculta detrás de las metas que queremos alcanzar tiene que ver con el niño interior.

La metáfora del niño interior tiene que ver con tu corazón: la forma de sentir que has aprendido a lo largo de tu vida, la manera habitual que tienes para satisfacer tus necesidades más apremiantes, tu relación con el compromiso contigo mismo, y como ves, el pilar fundamental para poder llevar a cabo el cambio que quieres en tu vida.

Cuando hemos sabido “nutrir” a nuestro niño interior, darnos permiso para sentir de forma auténtica y honesta y ser capaces de identificar lo que realmente necesitamos, ésa figura interna estará mucho más feliz y nos servirá como fuente de energía para dirigirnos a nuestros sueños.

Cuando la relación con ésa parte más “ingenua” de nosotros mismos se ha visto bloqueada o incluso cercenada, la cosa cambia..

Si bien hay muchas formas de contarlo, te presentaré 5 arquetipos de niño interior por si te ayuda a ubicar tu relación con él, aprender a identificar el barómetro de energía en tus clientes y bueno, usarlo en el aprendizaje diario para crecer:

El niño genio

Es un estado interior de armonía y equilibrio. Piensa como si dentro de ti estuviera un pequeño/a al que le has prometido cosas y las has cumplido, has sabido escuchar tus verdaderas necesidades y has sabido ir a por recursos para cubrirlas. Es la experiencia de compromiso con lo mejor de ti y una relación sana con tus momentos de bloqueo, tristezas o resistencias.

El niño genio nos vuelve creativos, disfrutones, alegres, amorosos y flexibles, es la fuente de energía más potente para darnos permiso para soñar, cambiar, empatizar con los demás y vivir toda la escala de emociones con comprensión y libertad.

Este estado interno es genial para establecer vínculos de calidad y calidez con otras personas, con otros “niños/as” de ahí fuera.

Si bien hablamos de niño, cuando está contenta esta parte de ti, te haces responsable y no es que gestione tu vida sino que escuchas lo que te viene a contar y tu “adulto” es el que toma las decisiones y cuando hay salir que jugar, pues también se juega.

La imagen externa de una persona con un niño interior “cuidado” es fresca, auténtica, dinámica y llena de vida.

Si es tu caso o lo observas en tus clientes, aprovecha para invocar al niño interior para encontrar un objetivo y definir un éxito personal: estimulante, revelador y lleno de emociones positivas.

El niño herido

Cuando algo en el pasado no nos permitió avanzar, se bloquearon emociones para seguir adelante o te saltaste el compromiso contigo mismo, es posible que ande por ahí dentro de ti una parte a la que se le debe algo.

Quizá fue porque te prometiste cosas que no cumpliste, o porque no hayas superado conflictos del pasado porque tu “adulto” ha preferido dedicarse a otras cosas o más bien ha tapado aquello que quedó pendiente de solucionar.

La imagen externa que se proyecta es o bien disimulada, corregida, rígida, tensa o ausente o bien estará secuestrada por las emociones sin canalizar: aspecto de tristeza con patas, enfado con patas….

Si te encuentras en esta situación o en relación a los objetivos de tus clientes, pon como prioridad satisfacer las necesidades más importantes antes de diseñar objetivos más racionales. Y si es necesario, estudia la opción de trabajarlo a nivel más profundo con terapia y deriva a otro profesional.

El niño que no quiere crecer

El el estado interior más infantil de todos a primera vista, hay ausencia de hacerte cargo de tus responsabilidades, de tomar decisiones adultas, de tener relaciones y vínculos estables y sanos, se sienten “enganches” o juegos con  otras personas de los que no podemos salir.

La imagen externa es más romántica, es habitual expresar dificultad para vestir adecuado a la edad biológica, resistencia a hacerse mayor…

En este caso, invoca al adulto, a la parte de ti o de tus clientes que se hace cargo de las cosas, la parte que está dispuesta a ser consciente de las consecuencias del cambio e ir a por ello, al ritmo que sea útil.

El niño abandonado

Imagínate ésa parte de ti que bueno… a lo mejor ni sabes dónde está, ¿hace cuanto tiempo que no vives con ilusión? Acercase a esa parte que en algún momento se sintió abandonado/a por ti mismo o por otros no es fácil, requiere de tiempo y la palabra clave es: confiar. Volver a confiar en ti mismo/a, hacer un trabajo de autoestima, volver a identificar fuentes de motivación y comprometerte con sentirte cuanto antes, más cuidado, valorado y amado.

La imagen externa aquí es clave, te puedes encontrar con desidia, aburrimiento y dejadez en todo lo relacionado con la apariencia. Da la sensación como si esto del vestir, del uso del color o de imaginarse con una apariencia más estimulante y atractiva, costase mucho.

Piensa que estas sensaciones y emociones pueden estar encapsuladas como si hiciera mucho tiempo…mucho… que no vas a visitar a un viejo amigo y sintieras un vacío. Trabaja desde ahí y con foco en la reconciliación contigo mismo y con tus emociones tal y como sean.

El niño mágico

Es la evasión, en algún momento tuvo que ser útil mirar hacia otro lado para poder relativizar la situaciones dolorosas. A veces se confunde con la creatividad “sana” pero se identifica muy claramente la diferencia porque la persona “se escapa” o “huye” de sus conflictos hacia el mundo de la fantasía, la intelectualidad, la dispersión, los tóxicos…

La imagen externa puede ser un poco más llamativa pero se diferencia de la verdadera porque es poco natural. Se presenta una apariencia más “decorada” que puede llegar a rozar el disfraz. Básicamente es una máscara estética que ayuda distraerse a uno mismo, un parche de autoestima externo para compensar el desazón interior.

En este caso es importante bajar a la tierra los objetivos, hablar claramente de las necesidades más básicas antes que las de autorrealización.

En general el niño interior tiene que ver con el modelo de éxito que como vemos son emociones y que también afecta a cómo la persona se percibe a sí mismo/a, su sentido de la valoración personal, del merecimiento e incluso de la capacidad para sentir alegría y abundancia.

La base de los procesos de crecimiento personal tiene que ver con ser certeros a la hora de plantearnos objetivos, que no sean prestados, que sean auténticos y que provoquen un cambio “real” en la vida de las personas y una imagen externa mucho más genuina.

Así que pongámonos manos a la obra para sacar a la luz nuestro niño genio, una fuente de auto-motivación muy poderosa que junto con un “adulto” responsable y buen gestor de vida, nos ayudará a brillar desde dentro.

¿Con qué tipo de niño interior te identificas?

Me encantará leer tus respuestas.

Un abrazo

Domingo Delgado

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